LLEGADA A CASA
Pasados los tres días en el Hospital, la madre y
la pequeña, que por fin le pusieron el nombre de Yousara, el médico que estuvo
pendiente de su recuperación, le dio el alta, y se fueron para su casa. Cuando
llegaron, los abuelos maternos se alegraron muchísimo al tener a la bebé en
casa, y que sintiera el cariño de toda su familia. Todos los vecinos y vecinas
salieron de sus casas para contemplar a la bebé de cerca de cinco kilogramos de
peso, era una niña muy espabilada, pero, eso sí, con bastante genio y sabía
mucho, lo que en Cádiz se dice “sabe el latín”. Su abuela Dolores, loca de
contenta al tener otra nieta, ayudaba a su hija a bañar a la pequeña, darle de
comer, vestirla, dormir la siesta, etc. Su hermana mayor, Carmen, a lo primero,
le fue cogiendo celos a su hermana pequeña, porque veía que tanto su madre como
el resto de la familia, estaban

más pendientes de la bebé que de ella, y no
sabía como llamar la atención. Pero poco a poco, fue pasando los días y le
echaba el ojo lo que su abuela hacía con su hermana, para ella después hacerlo
por sí sola. Como por ejemplo, cambiarle los pañales, darle el biberón y sobre
todo, jugar con ella y hacerle reír. Su hermana mayor se convirtió en una
segunda madre para esta pequeña, y aprendiendo cada vez más. Fue creciendo y
viendo con sus pequeños ojitos lo que tenía a su alrededor, lo que descubría
con tan solo tocar con sus manitas, y sobre todo, disfrutar de la vida que le
deparara. Su abuela, cada vez que su hija se iba a trabajar, se encargaba de
sus dos reinas de la casa, de las que se le iluminaban la cara y los ojos al
verlas. Carmen contaba con la edad de ocho años, y seguía estudiando en el
colegio de Valcárcel. Y aparte, se estaba preparando para su primera comunión,
yendo todas las tardes a catequesis que la acompañaba su madre. Algunas veces,
la abuela Dolores, cuando estaba haciendo la comida en la cocina de su casa,
que vivía enfrente de su hija, cogía en brazos a la pequeña y se la llevaba con
ella. Y el padre se ponía a decirle que la soltara en su coche, porque temía
que se le cayera al suelo. Era la alegría de la casa, tanto así, que cuando
empezó a decir sus propias palabras, el primer nombre que se le salió por la
boca era “Kike”, el nombre de su tío materno. Al verla la madre y la abuela a
lo primero, se asustaron mucho, porque se creía que a la pequeña se estaba
ahogando con algo. La llevaron al médico, y le dijeron que la niña estaba
haciendo el intento de hablar y llamaba a su tío, que se pasaba muchas horas
con él jugando y hacerle reír a todas horas. Cuando podía su abuela, se las
llevaban a las dos hermanas al parque, a la playa que jugaran y se lo pasaran
bien. Sus padres los fines de semana, echaban el día en la calle, comiendo en
algún bar y estar relajados.






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