Esta pequeña fue creciendo y a darse cuenta en el mundo que le ha
tocado ver y sobre todo vivir. Siempre recibía el cariño de todos los que la
querían y la rodeaban. Sus tíos son para ella un gran apoyo y también una gran
compañía. En cada cumpleaños, le hacían algún que otro regalo cuando podían.
Con tal de verle una sonrisa dibujada en la cara, le sobraba. Con el paso del
tiempo, le enseñaban a decir palabras, para que a su vez fuera conociendo más
lo que poco a poco iba descubriendo a través de su lenguaje para que los demás
le entendieran y comprendieran. Se la llevaban a muchos lugares, para que ella
descubriera por sí misma ese mundo que le esperaba por ver, tocar y sentir. En
casa de sus abuelos, era un terremoto, porque desde que se levantaba por la mañana,
hasta que se acostaba por la noche, no paraba ni un momento. Le enseñaban
canciones para que ella después se le fuera quedando en su cabeza, y luego, se
la cantaba a todos. Su abuela Dolores la tenía muy bien alimentada, a base de
frutas, verduras, potajes, pasta, algún que otro dulce cuando se le apetecía,
etc. Y ella aunque le costaba un poco de trabajo comer sola, su abuela o su
madre la ayudaban para que fuera cogiendo práctica. Era una niña muy espabilada
sobre todo, le encantaba colorear, dibujar, jugar con los animales que tenían
sus abuelos en la casa, un perrito, un pato, un conejo, una tortuga, y
algunas veces ayudaba a su abuelo a limpiar las jaulas de los pájaros. Por las
mañanas, su abuela la levantaba de la cuna para pasarla al sofá, le daba como
siempre su desayuno y se ponía a ver la televisión, ya sean los dibujos
animados que ella solía ver. La tenían por así decirlo, muy mimada en el tema
de lo que le preguntaba su abuela que era lo que se le apetecía desayunar, lo
que más le gustaba tomar por las mañanas era su batido de fresa de la marca “Puleva”,
que le traían su tío Luis y un amigo de Mari, que se llamaba Reinaldo. Le
encantaba vestirse de gitana con sus tacones negros y cogía la mano del mortero
de la cocina de su abuela, que le servía como micrófono, y la única copla que
le enseñó su abuela a cantar era “María de la O”, y de vez en cuando, la
cantaba por el corredor para que los demás vecinos la escucharan y le decían
que era muy graciosa y que tenía mucho arte. La costumbre que cogió era que
cuando su abuela le preguntaba si quería algo, ella le contestaba: “No quero”.
Lo decía de esa manera, porque apenas sabía hablar y pronunciar bien lo que a
ella le respondían cuando le preguntaban. Llegaba la fecha de los carnavales, y
Dolores no sabía que disfraz iba a hacerle a su nieta. Entonces, su abuelo le
compró un disfraz muy gracioso, era de la abeja Maya, unos dibujos que a la
pequeña Carmen le gustaba mucho ver y casi siempre se reía. Su padre se la
llevaba al parque para que ella tomara el aire fresco, el ambiente que se podía
ver, los animales, como por ejemplo: patos, monos, pájaros, ponis, palomas,
alguna que otra lagartija rondando por allí, tortugas, etc. Disfrutaba mucho
sobre todo, cuando la sentaba en la hierba y la tocaba con sus manos, pero le
daba un poco de escalofrío al tocarla y le pinchaba un poquito. Sus abuelos cuando
llegaba la época de verano, la llevaban a la playa de “La Caleta”, a que
sintiera el agua fresquita cuando caminaba, sus pequeños pies pisando la arena
y sintiéndola con sus deditos. Le encantaba que la metiesen en las posas, la
sentaba su abuelo y ella como todo le llamaba la atención, salpicaba el agua
con sus manos y miraba las formas de las piedras tanto grandes como pequeñas. Un
día estando todos en la playa, en pleno mes de Julio, todas las familias
estaban disfrutando de un día muy agradable, comiendo tortilla de patatas,
filetes de pollo empanado, frutas, etc. Mientras, los más pequeños se iban o a
mariscar cangrejos por las piedras o jugando con su pala, su rastrillo y su
pequeño cubo llenándolo de agua para hacer un castillo de arena. Esa mañana tan
calurosa, aunque saltaba un poco de aire fresco, se celebraba un concurso muy
importante, que lo organizaba una peña bastante conocida en Cádiz. Consistía en
los que participaban, tenían que pescar un pez bastante grande y que pesara
unos pocos de Kilogramos, para después degustarlo. El abuelo de la pequeña
Carmen, no dudó ni un momento en apuntarse y participar. Hasta que al final, él
se hizo con la victoria, y ganó un trofeo. Toda la familia se pusieron muy
contentos, y lo celebraron hasta entrada la tarde. A los que a ellos se les unieron todos los demás vecinos que los apreciaban y los querían mucho junto con sus hijos.












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